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martes, 2 de abril de 2013

Enero y La Mujer Desnuda


Sara Gallardo Drago Mitre (Buenos Aires, 23 de diciembre de 1931 - 14 de junio de 1988) fue una escritora argentina de la generación de narradoras y poetas de la década del 50-60.


Armonía Somers, seudónimo de Armonía Liropeya Etchepare Locino (7 de octubre de 1914, Pando - 1 de marzo de 1994, Montevideo) fue una escritora y pedagoga de Uruguay.

sábado, 30 de enero de 2010

La canción y el poema: Idea Vilariño - Alfredo Zitarrosa

Hoy que el tiempo ya pasó,
hoy que ya pasó la vida,
hoy que me río si pienso,
hoy que olvidé aquellos días,
no sé por qué me despierto
algunas noches vacías
oyendo una voz que canta
y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,
para que supieras
cómo y cuánto te quería,
quisiera morir, quisiera... de amor,
para que supieras...

Algunas noches de paz,
–si es que las hay todavía–
pasando como sin mí
por esas calles vacías,
entre la sombra acechante
y un triste olor de glicinas,
escucho una voz que canta
y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,
para que supieras
cómo y cuánto te quería;
quisiera morir, quisiera... de amor,
para que supieras...



domingo, 17 de enero de 2010

Descubrimiento: Armonía Somers


"Yo creo que un relato es siempre parte o continuación de los demás que hemos hecho, vivido, soñado u oído como bellas mentiras, y por eso suelo superponer algún trazo coloquial o algún nombre afín de no romper la unidad invisible de todo lo narrado...
"

Antibiografía. Armonía Somers es seudónimo literario de la maestra uruguaya Armonía Liropeya Etchepare Locino. Esa hija de anarquista y de católica no sólo armonizó en impar sincretismo los credos de sus padres, sino que además concilió dos vocaciones de apariencia encontrada.

La señorita Etchepare fue una pedagoga de renombre que ascendió en el escalafón escolar y frecuentó foros internacionales en Londres, París, Ginebra, mientras que el “contenido sexual” y la libertad literaria de la obra de Somers trastornaban la apacible medianía montevideana. Aunque no le haya deparado consecuencias burocráticas –siguió ejerciendo en paz sus cargos–, la divulgación de su verdadero nombre dañó un tanto el escudo de anonimato que tan bien convenía a su carácter, remiso al principio de identidad:

“No quisiera tener ni siquiera cuerpo ubicuo. Y menos aún biografía lineal. Creo que con el destino alcanza. La suma de biografía más destino es un abuso de los memorialistas. Generalmente se lo hacen a uno después de muerto”

Novelas

* La mujer desnuda. Montevideo 1950
* De miedo en miedo. Montevideo 1965
* Un retrato para Dickens. Montevideo 1969

* Sólo los elefantes encuentran mandrágora. Buenos Aires 1986


Cuentos y novelas cortas


* El derrumbamiento. Montevideo 1953

* La calle del viento Norte y otros cuentos. Montevideo 1963
* Todos los cuentos, 1953-1967. Montevideo 1967 (2 tomos)

* Muerte por alacrán. Buenos Aires 1978
* Tríptico darwiniano. Montevideo 1982

* Viaje al corazón del día. Montevideo 1986
* La rebe
lión de la flor. Montevideo 1988
* El hacedor de girasoles. Montevideo 1994.



La mujer desnuda. Montevideo 1950
Rebeca Linke es una especie de nombre ancla a partir del cual la novela va sumergiéndose en el complejo universo de una mujer fatal pero vulnerable, sublime pero mundana y, sobre todo, plagada de seudónimos: Judith, Semíramis, Magdala y casi todos los nombres sin reverso porque “las hembras no deben llevar nombres que volviéndoles una letra sean de varón”. Ella, siguiendo con el curso onomástico, recorre un itinerario universal que empieza en Eva y termina, un poco, en Ofelia. Apenas cumple los treinta años, obsesionada por la idea de la nada “que siempre es algo”, lleva a cabo una idea fantástica, irrealizable –cortarse su propia cabeza– que dará como resultado una consecuencia real, verosímil pero incluso aún más perturbadora: pasearse desnuda en un bosque sin nombre. Al verla, cada uno de sus habitantes –entre los cuales se encuentran un par de gemelos tan perversos como imbéciles y un sacerdote arrepentido de haber postergado su verdadera vocación–, irán enfrentándose con sus propios límites, con su propia cárcel.

Mujeres al borde

Un resplandor llamado Armonía

miércoles, 21 de octubre de 2009

Tal vez



Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla

martes, 20 de octubre de 2009

Dónde el sueño cumplido...

Dónde el sueño cumplido

y dónde el loco amor

que todos

o que algunos


siempre


tras la serena máscara

pedimos de rodillas


sábado, 19 de septiembre de 2009

Marosa


Marosa di Giorgio Medici (Salto, 1 de enero de 1932 - Montevideo, 17 de agosto de 2004), poeta uruguaya que también se aventuró con la prosa erótica y la novela en sus tres penúltimas obras.

Descendiente de inmigrantes italianos y vascos que fundaron quintas en zonas rurales del Uruguay, comenzó a publicar en los años 50, y en los dos tomos de Los papeles salvajes (1989 y 1991) recopiló sus poemas publicados hasta entonces. En su obra, un canto a la naturaleza y a sus mutaciones, la mitología es una constante. Es una de las voces poéticas más singulares de Latinoamérica. En sus recitales poéticos -muchos de ellos reproducidos en cassettes y otros formatos- demostraba una capacidad interpretativa sui generis, en la que se entremezclaban emociones como el miedo, la sorpresa, el desasosiego y el deseo, siempre con una voz trémula y delicada.

Su voz

Deja tu comarca entre las fieras y los lirios...

Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche oh, mi amado, monstruo de almíbar, novio de tulipán, asesino de hojas dulces. Así, aquella noche lo clamaba yo, de portal en portal, junto a la pared pálida como un hueso, todo llena de un miedo irisado y de un oscuro amor. Ya era la edad en que las abuelas habían retrocedido a moradas de subtierra y sólo sus almas perduraban encadenadas a las lámparas estremeciendo mariposas verdes y amarillas a la hora de los fuegos y los rezos. ¡Oh, mi amor!— lo clamaba yo, de puerta en puerta, de muro en muro- perdí mis trenzas, estoy desnuda, se cayó el sándalo de los medallones, la luna paró sobre las chimeneas su trineo de coral. Y no vienes, hombre, rosa, crimen, corazón. Voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Voy a matar los panales. Me has hecho imaginar inútilmente tus médulas de sándalo, tu corazón de fuego. Ahora, reirán de mí las muertas que se acuerdan de tu amor. Así mentía yo, abrazada a su melena de oro, a su terrible miel. Él hablaba una lengua casi inteligible; pero, un rocío voraz, una lepra de flores, le terminaba el rostro. Y dentro estaban el azúcar y las cruces y los espejos con olor a jacintos. Nos acercamos a la mesa. Las abuelas renacieron en las lámparas. Le dije que iba a guardarlo, que iba a besarlo, que iba a guardar su corazón entre las piñas y los licores y las medallas. Otra vez jardín y sombras y columnas rotas y los cisnes serios como hombres. Empecé a matarlo. Porque no digas mi amor a nadie—a entreabrirle los pétalos del pecho, a sacarle el corazón. Él se apoyó en mi brazo, le latía con locura el almíbar de los dedos. Empezó a morir. Cerca del bosque empezó a morir. Rompí a llorar. Voy a matar los panales; voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Su muerte siguió a lo largo del bosque. Quise recogerla en mi saya, reunirla en mis brazos, abrazarla. Voy a tener hijos de almíbar y de pétalos y no podrán besarte, oh, mi novio de miel, mi tulipán. Lloraba desesperadamente. Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fin este poema.


Misal de la virgen

-Usted nunca tuvo hijos.
-No. Aunque, un día, cuando era chica, surgieron de mí, de mi pelvis, tres
lagartos. En cartílago grueso y anillado. Tres.
-Eh.
-Sí. Iban por la hierba. Al parecer tenían ojos, pero no pude saberlo. Se
hundieron en el piso.
-Oh.
-Pero antes oí un alarido, como si dijesen: ¡Mamá! ¡Ay, madre! ¡Ay!
-Oh.
-No volvieron nunca. En el momento de la parición, salían de mis pechos (del
izquierdo y del derecho), una gotita de sangre y una gotita de leche.
-...!
Y ella quedó impasible. Y aunque era completamente blanca, pareció lo que
siempre había parecido:
Una princesa india, abajo de su anacahuita.

De "Obra completa " 2005


"Los papeles salvajes", tal el título que Marosa di Giorgio eligió para reunir su producción poética, es una de las obras capitales de la poesía hispanoamericana. Editado inicialmente en Montevideo a fines de la década del ochenta y comienzos de la del noventa, Adriana Hidalgo publicó en el año 2000, en la Argentina, para todo el mundo hispanohablante, una nueva edición de Los papeles..., en dos tomos, con el agregado, en versión reducida, del libro "Diamelas a Clementina Médici", una pieza mayor de la lírica contemporánea, que la gran poeta uruguaya dedica a la memoria de su madre.

martes, 8 de septiembre de 2009

El Viaje hacia el Mar: Juan José Morosoli





"Se sabe que no soy literato -de lo cual Dios me libre y me guarde- sino simplemente un escribe papeles y que pongo en ellos un poco del drama de cada hombre humilde"

El viaje hacia el mar



A pesar de que habían resuelto partir a las cuatro, Rataplán llegó a las tres. Era el primero en llegar.
En el café había un solo hombre, sentado al lado de la puerta, desconocido para Rataplán, lo que quiere decir que no era del pueblo.
-Buen Día - dijo aquél al entrar.
-Bueno -respondió el otro, y acercó una silla al recién llegado como si le conociera o estuviera esperándole y, tras un silencio, agregó:
-¿Madrugó, eh?
-Sí -respondió Rataplán-, estamos de viaje a la playa.
-¿A qué playa?
-¿Hay más de una?
-¡Uf!... Muchísimas. ¿No conoce el mapa?
-No señor, no lo conozco...
-Pues playas hay muchísimas...
-Habrá. A nosotros nos lleva Rodríguez. ¿No ve que nunca hemos visto el mar?



Juan José Morosoli (Minas/Uruguay, 1899-1957) es uno de los grandes maestros de la narración breve. Autodidacta, hombre comprometido con su pueblo natal y, a su vez, fino observador de la realidad, colaboró en publicaciones periódicas de Minas, Montevideo y Buenos Aires. En su madurez dictó conferencias en distintos puntos del país en las que reflexionó sobre la creación literaria -propia y ajena-, la novela latinoamericana, la producción cultural de las elites y la cultura popular.

Obras literarias

  • Balbuceos (poemas, 1925)
  • Bajo la misma Sombra
  • Los juegos (poemas, 1928)
  • Hombres (cuentos, 1932)
  • Los albañiles de "Los Tapes" (cuentos, 1936)
  • Hombres y mujeres (cuentos, 1944)
  • Perico (cuentos, 1947)
  • Muchachos (cuentos, 1950)
  • Vivientes (cuentos, 1953)
  • Tierra y tiempo (1959)
  • El viaje hacia el mar (1962)

Montevideanos


Amada, entrañable, extrañada Montevideo...



Gracias por el fuego: Mario Benedetti


Intimidad

"Soñamos juntos
juntos despertamos
el tiempo hace o deshace
mientras tanto

no le importan tu sueño
ni mi sueño
somos torpes

o demasiado cautos

pensamos que no cae
esa gaviota
creemos que es eterno

este conjuro
que la batalla es nuestra
o de ninguno

juntos vivimos
sucumbimos juntos
pero esa destrucció
n
es una broma
un detalle una ráfaga

un vestigio

y un abrirse y cerrarse
el paraíso

ya nuestra intimidad
es tan inmensa

que la muerte la esconde
en su vacío

quiero que me relates
el duelo que te callas

por mi parte te ofrezco
mi última confianza

estás sola
estoy solo
pero a veces
puede la soledad
ser
una llama."





















PALABRAS VERDADERAS

Dirigida por Ricardo Casas Elenco: Mario Benedetti y la participación de Eduardo Galeano, Idea Vilariño, José Saramago, Manuel Vázquez Montalbán y Juan Gelman. Una película uruguaya que recorre infancia, adolescencia, maduez, poesía, preocupaciones y luchas políticas del mayor escritor uruguayo viviente a través de testimonios de personalidades mundiales y, sobre todo, de formidables hallazgos visuales como los que reflejan el Montevideo de mediados del siglo XX.

viernes, 28 de agosto de 2009

Nocturna: Idea Vilariño

Decir no...

Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento lo voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me arrastre al fondo
diciendo no no no
pero siguiéndola.

Idea Vilariño (18 de agosto de 1920, Montevideo - 28 de abril de 2009, idem.) poetisa, ensayista y crítica literaria uruguaya perteneciente al grupo de escritores denominado Generación del 45.

Obra poética

  • La suplicante (1945)
  • Cielo Cielo (1947)
  • Paraíso perdido (1949)
  • Por aire sucio (1950)
  • Nocturnos (1955)

  • Poemas de amor (1957)
  • Pobre Mundo (1966)
  • Poesía (1970)
  • No (1980)
  • Canciones (1993)
  • Poesía 1945 - 1990 (1994)
  • Poesía completa (2002)



Santa María: Juan Carlos Onetti











Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1 de julio, 1909 - Madrid, 30 de mayo, 1994), escritor uruguayo. La obra literaria de Onetti, fuera de su poderosa originalidad, debe mucho a dos raíces distintas: la primera, su admiración por la obra de William Faulkner; como él, crea un mundo autónomo, cuyo centro es la inexistente ciudad de Santa María. La segunda es el Existencialismo: una angustia profunda se encuentra enterrada en cada uno de sus escritos, siempre íntimos y desesperanzados. Su primera novela, El pozo, de 1939, es considerada la primera novela moderna de Sudamérica; el ciclo de Santa María empieza en 1950, cuando aparece La vida breve.

Obras
  • El pozo, 1939.
  • Tierra de nadie, 1941.
  • Para esta noche, 1943.
  • La vida breve, 1950.
  • Un sueño realizado y otros cuentos, 1951
  • Los adioses 1954.
  • Para una tumba sin nombre, 1959.
  • La cara de la desgracia, 1960.
  • El astillero, 1961.
  • El infierno tan temido y otros cuentos, 1962.
  • Juntacadáveres, 1964.
  • Tres novelas (1967)
  • Cuentos completos (1967)
  • Los rostros del amor (1968)
  • Novelas y cuentos cortos completos (1968)
  • Obras completas (1970)
  • La muerte y la niña, 1973.
  • Tiempo de abrazar, 1974.
  • Cuentos completos (1974)
  • Réquiem por Faulkner (1975)
  • Dejemos hablar al viento, 1979.
  • Tan triste como ella y otros cuentos (1976)
  • Cuentos secretos (1986)
  • Presencia y otros cuentos, 1986.
  • Cuando entonces, 1987.
  • Cuando ya no importe, 1993.
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/onetti/index.htm

http://www.onetti.net/

http://www.encuentro.gov.ar/Content.aspx?Id=623


http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Delatorre/Onetti.htm

http://sololiteratura.com/one/onettiprincipal.htm




martes, 25 de agosto de 2009

Nadie encendía las lámparas - F. Hernández


Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa. La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol. Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas. La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés". Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo: -Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol. Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle: -No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear. Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió: -Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda. Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar. -¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante! De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté: -¿Cómo se llama? -¿Quién? -El señor... recalcitrante. -Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios. Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!" Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo: -No estoy de acuerdo con ustedes. -¿Por qué? -...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros. -¿Cómo? -Se repite a largos pasos. Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó: -Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar. Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino: -Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas. La sobrina de las viudas no se pudo contener. -¡Jesús, pareces Blancanieves! Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó: -Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento? -¡Oh!, habría que preguntárselo a ella. -Y usted, ¿no lo podría hacer? -Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño. Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas. Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo: -Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro. Volví a pensar en la gallina y le contesté: -¡Señora! ¡No estamos en un gallinero! Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó: -¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir? Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita. -No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte. -Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí? -Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores. Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia. Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas. Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo: -Tengo que hacerle un encargo. Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco. FIN


Felisberto

El Pianista
Felisberto Hernández nació en Montevideo el 20 de octubre de 1902. Fue el mayor de los cuatro hijos del matrimonio de Prudencio Hernández y Juana Silva. Pianista y escritor. Realizó numerosas giras presentando conciertos por el interior del país y de la Argentina. Fue compositor, destacándose entre sus obras: Canción de Cuna, Primavera, Negros, Marcha Fúnebre, Crepúsculo. Se casó en 1925 con la maestra María Isabel Guerra y ese mismo año publicó su primer libro, Fulano de Tal. En 1926 nació en Maldonado, su primera hija, Mabel. Libro sin Tapas apareció en 1929, La cara de Ana en 1930 y La envenenada en 1931. Su interés por la filosofía, la psicología y el arte, lo llevó a integrar el círculo de amigos al que pertenecían Carlos Vaz Ferreira, Alfredo y Esther Cáceres y Joaquín Torres García, entre otros.
En 1935 se divorció de María Isabel Guerra. En 1937 se casó con la pintora Amalia Nieto y en 1938 nació su segunda hija, Ana María. En 1939 estrenó Petruschka de Strawinsky en el Teatro del Pueblo de Buenos Aires.

El Escritor
Hacia 1940 abandonó definitivamente su carrera de pianista y se dedicó a la literatura. En 1942 publicó Por los tiempos de Clemente Colling y en 1943 El caballo perdido, obteniendo un premio del Ministerio de Instrucción Pública. Ese año se separó de Amalia Nieto.
En 1946 viajó a París con una beca del gobierno francés.La Editorial Sudamericana publicó en 1947, Nadie encendía las lámparas. A fines de ese año, su mentor y amigo, Jules Supervielle, lo presentó en el Pen Club de París y en el anfiteatro Richelieu de La Sorbonne. Apareció en La Licorne la primera traducción al francés del cuento "El balcón". En 1948 regresó a Montevideo. Se casó con la española María Luisa de las Heras, de la que se separó en 1950. En Escritura apareció por primera vez Las Hortensias en 1949. En 1954 se casó con la pedagoga Reina Reyes. En 1955 publicó su "manifiesto estético": Explicación falsa de mis cuentos en La Licorne. Ingresó de taquígrafo en la Imprenta Nacional; él mismo había inventado un sistema taquigráfico en el que copió algunos de sus cuentos y el cual, aún, no ha podido ser descifrado. En 1958 se separó de Reina Reyes. En 1960 publicó La casa inundada. Ese año comienza su noviazgo con María Dolores Roselló. En 1962 salió la primera edición de El cocodrilo, reeditada en 1963, y póstumamente, en 1965, Tierras de la memoria. Murió el 13 de enero de 1964.

http://www.felisberto.org.uy/

http://cvc.cervantes.es/actcult/fhernandez/default.htm

sábado, 15 de agosto de 2009

Las venas abiertas de América Latina

Las venas abiertas de América Latina es un ensayo del escritor uruguayo Eduardo Galeano publicado en 1971. En esta obra, difícil de clasificar como muchas otras de Galeano, el autor analiza la historia de América Latina de modo global desde la Colonización europea de América hasta la Latinoamérica contemporánea argumentando con crónicas y narraciones el constante saqueo de los recursos naturales de la región por parte de los imperios coloniales, entre los siglos XVI y XIX, y los Estados imperialistas, el Reino Unido y los Estados Unidos principalmente, desde el siglo XIX en adelante.


Serie "Juanito Laguna" - Antonio Berni






La noche/Secreta mujer


En "El libro de los abrazos", uno de los libros más exitosos y logrados de Galeano, está contenido un pequeño relato titulado "La noche". Este relato dividido en cuatro partes sirvió de inspiración a Serrat para su canción "Secreta mujer" que formó parte del álbum "Sombras de la China" (1998):

LA NOCHE / 1 No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

LA NOCHE / 2 Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

LA NOCHE / 3 Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

LA NOCHE / 4 Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una.

Gius

Eduardo Germán Hughes Galeano (Montevideo, 3 de septiembre de 1940) es un periodista y escritor uruguayo, una de las personalidades más destacadas de la literatura latinoamericana.
En él conviven el periodismo, el ensayo y la narrativa, siendo ante todo un cronista de su tiempo, certero y valiente, que ha retratado con agudeza la sociedad contemporánea, penetrando en sus lacras y en sus fantasmas cotidianos. Lo periodístico vértebra su obra de manera prioritaria. De tal modo que no es posible escindir su labor literaria de su faceta como periodista comprometido.

Junto al Galeano periodista empieza a aparecer el Galeano narrador que prolonga en sus obras su visión de América Latina. De la novela corta "Los días siguientes" (1963) a los relatos contenidos en "Vagamundo" (1973) pasan diez años pero se mantiene una misma percepción de las cosas, continuada en "La canción de nosotros" que mereció el premio Casa de las Américas de 1975. En Galeano el contexto político y social no puede eludirse y es el marco central en el que transitan sus historias. "Días y noches de amor y de guerra" (1978) se enmarca en los difíciles días de la dictadura en Argentina y Uruguay.

Con "Memorias del fuego" hay una recuperación del pasado indigenista. Esta obra narra la odisea de las dos Américas, centrándose en los hechos más cotidianos, componiendo una trilogía febril e incisiva, apoyada en la rigurosidad de las fuentes y en la que se entrecruzan crónicas históricas con pinceladas del presente, siempre en busca de un futuro más justo. De aquella trilogía histórica formaban parte "Los nacimientos" (1982), "Las caras y las máscaras" (1984) y "El siglo del viento" (1986). En los tres libros hay un mismo objetivo y como dice el periodista italiano Gianni Miná, una voz incisiva y militante que trata de impedir que se olvide la tragedia que asola a quienes viven en el más completo subdesarrollo.

"Memorias del fuego" está estructurada en torno a pequeñas vivencias cotidianas que es en donde encuentra Galeano la verdadera grandeza del ser humano. La intrahistoria es el universo en el que caminan las obras del escritor uruguayo, al margen de grandes gestas y de sucesos grandilocuentes, que se apartan del hombre de a pie y del verdadero devenir de los acontecimientos históricos. Son, en palabras de Galeano, historias pequeñas, pero no minimalistas.

Joan Manuel Serrat toma prestado un fragmento de una de estas historias de la "Memoria del fuego" para ilustrar a modo de presentación en sus recitales el tema "Che Pykasumi", que el cantautor interpreta en lengua guaraní.

Un año antes de la publicación de "El siglo del viento" y una vez terminada la dictadura uruguaya regresa a Montevideo. Tres años después firma "El libro de los abrazos", de contenido más sutil y poético. El propio Galeano definiría de este modo la raíz de esta obra: "Creo que un autor al escribir abraza a los demás. Y éste es un libro sobre los vínculos con los demás, los nexos que la memoria ha conservado, vínculos de amor, solidaridad. Historias verdaderas vividas por mí y por mis amigos, y como mi memoria está llena de tantas personas, es al mismo tiempo un libro de "muchos"... Es un equívoco que ha fragmentado los lazos de solidaridad, que ha condenado a este mundo de finales de siglo a tener hambre de abrazos, a padecer de soledad, el peor tipo de soledad: la soledad en compañía. Es el mismo proceso que se manifiesta con la pobreza".

Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos, combinando documental, ficción, periodismo, análisis político e historia. Galeano niega ser un historiador: "Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable".

Eduardo Galeano reside desde 1985, -tras finalizar la dictadura uruguaya-, en su Montevideo natal donde sigue haciendo su literatura y su periodismo de marcado tinte político.


Las palabras andantes: Eduado Galeano

Ventana sobre este libro

Una mesa remendada, unas viejas letritas móviles de plomo o madera, una prensa que quizás Gutemberg usó: el taller de José Francisco Borge en el pueblo de Bezerros, en los adentros del nordeste del Brasil.

El aire huele a tinta, huele a madera. Las planchas de madera, en altas pilas, esperan que Borges las talle, mientras los grabados frescos, recién despegados, se secan colgados de los alambres. Con su cara tallada en madera, Borges me mira sin decir palabra.

En plena era de la televisión, Borges sigue siendo un artista de la antigua tradición del cordel. En minúsculos folletos, cuenta sucedidos y leyendas: él escribe los versos, talla los grabados, los imprime, los carga al hombro y los ofrece en los mercados, pueblo por pueblo, cantando en letanías las hazañas de gentes y fantasmas.

Yo he venido a su taller para invitarlo a que trabajemos juntos. Le explico mi proyecto: imágenes de él, sus artes de grabado, y palabras mías. Él calla. Y yo hablo y hablo, explicando. Y él, nada.

Y así sigue siendo, hasta que de pronto me doy cuenta: mis palabras no tienen música. Estoy soplando en flauta quebrada. Lo no nacido no se explica, no se entiende: se siente, se palpa cuando se mueve. Y entonces dejo de explicar; y le cuento. Le cuento las historias de espantos y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado.

Le cuento los cuentos; y este libro nace.

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