jueves, 24 de mayo de 2012

El país de las últimas cosas (1987)


A veces creo que ya vivimos en el país de las últimas cosas...

martes, 24 de abril de 2012

sábado, 21 de abril de 2012

Escritores en Cuba: Cortázar

"En las noches habaneras, abriéndose paso entre periodistas, Julio Cortázar lograba trasladar su osamenta fosforescente a El gato tuerto. Ahora hay allí una silla vacía. No me gustan las frases huecas, pero de veras que cuando Julio se fue, nos quedamos más pobres."

 por Roberto Fernández Retamar en Punto Final, Santiago de Chile, 1967

Escritores en Cuba: García Lorca

“Esta isla es un paraíso. Cuba. Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”

 En marzo de 1930, Lorca salió de Nueva York en tren con rumbo a Miami, donde se embarcó para Cuba. Antes de su llegada, su visión de la isla era, según él mismo reconoció, puramente pintoresca; al pensar en el paisaje cubano y en el tono poético de la isla, recordaba las deliciosas litografías de las cajas de habanos que había visto de niño.

 Entre el 7 de marzo y el 12 de junio de 1930 (fechas de su estancia en Cuba) vivió unos días intensos y alegres. Dio una serie de conferencias, con enorme éxito, en la Institución Hispano-Cubana de Cultura. Exploró la cultura y la música afrocubanas y compuso un son basado en los ritmos de los negros.


   
SON DE NEGROS EN CUBA

viernes, 13 de abril de 2012

lunes, 26 de marzo de 2012

Gracias Ve!

El Remanso

La estancia El Remanso quedaba a cuatro horas de tren, en el oeste de Buenos Aires. Era un campo tan llano que el horizonte subía sobre el cielo por los cuatro lados, en forma de palangana. Había varios montes de paraísos color de ciruela en el verano y color de oro en el otoño; había una laguna donde flotaban gritos de pájaros extraños; había grupos de casuarinas que parecían recién llegados de un viaje en tren, y sin embargo contenían en sus hojas de alfileres una sonoridad muy limpia, bañada por el mar; había una infaltable calle de eucaliptos que llevaba hasta la casa. Y en esa casa, tan sólo de un lado no se veía el horizonte, pero no era ni del lado en que se acostaba el sol ni del lado en que se levantaba. Estaba rodeada de corredores donde se reflejaban lustrosas las puestas de sol y donde se estiraba el mugido de la hacienda.

Era una mañana radiante cuando Venancio Medina había llegado a la estancia, en un vagón que le había prestado el almacenero, cargado con un baúl roto, un ropero sin espejo, cuatro atados de ropa, un perrito blanco enrulado, su mujer y sus dos hijas. Le habían indicado la casita blanca de dos cuartos donde iban a vivir él y su familia. Venancio Medina había examinado desde el primer instante los corredores de la casa grande, donde estaban sentados en ruedas de medias lunas los dueños de casa. Había media docena de chicos. La familia se componía de varias familias juntas, y Venancio creyó al principio que la mayor parte eran visitas.

La familia, inmovilizada sobre escalones progresivos de sueño, pareció conmoverse al ver desembarcar del vagón a Venancio Medina con su chica más chiquita en los brazos. Más que una chica, parecía un monito vestido de rojo. En seguida corrió parte de la familia inmovilizada, movilizada en busca de la chica.

Venancio Medina sintió sobre su brazo las polleras empapadas de la hija que acababa de hacerse pis, pero no pudo retenerla de las manos que se la llevaban hasta el comedor de su casa, donde la pusieron sobre la mesa como un postre, contemplándole por todos lados su llanto inarticulado. Venancio miraba desde la puerta, absorto, y el nombre de su hija revoloteaba por toda la casa, como en su casa el nombre del perrito enrulado.

De eso hacía ya más de diez años. Venancio había entrado a la estancia en calidad de casero, pero sus actividades múltiples lo llevaron desde mucamo de comedor, cuando los sirvientes abandonaban la casa, hasta jardinero cuando el jardinero llegaba a faltar. Fue después cuando eligió definitivamente el puesto de cochero. Y era evidente que había nacido para ser cochero, con sus grandes bigotes y un chasquido inimitable de lengua contra el paladar, que hacía trotar cualquier caballo sobre el barro más pesado. Los chicos, sentados sobre el pescante del break, trataban de imitar ese ruido opulento y mágico que aventajaba el látigo para poner en movimiento las ancas de los caballos.

Mientras tanto, la mujer de Venancio se ocupaba de la casa; era ella la que hacía el trabajo de los dos, siempre rezongando y pegando a sus hijas; siempre furiosa de trabajo, con la cabeza lista a esconderse dentro del cuerpo como la cabeza de una tortuga, en cuanto alguien se le acercaba.

Sus dos hijas crecían perezosas y lánguidas como flores de invernáculo.

Siempre los otros chicos las llamaban para jugar en el jardín, justo en el momento en que la madre las perseguía con una escoba para que barrieran. Y se iban llenas de risas por entre los árboles, Libia y Cándida, adonde las esperaban entre nubes de mosquitos las confidencias asombrosas de esa familia de chicos de todas las edades y de todos los sexos. Se habían vuelto imprescindibles. Si no estaban Libia y Cándida, no había bastantes árboles para jugar a Las Esquinitas; si no estaban Libia y Cándida, no había bastantes vigilantes para jugar a Los

Vigilantes y Ladrones; si no estaban Libia y Cándida, no había bastantes nombres de frutas para jugar a Martín Pescador. Y a lo largo del día, jugaban escapándose de las siestas en los cuartos dormidos. Sentían un delicioso placer que las arrancaba de sus padres. Presenciaban los odios mortales que dividían a los chicos en bandadas de insultos que se gritaban de un extremo al otro del parque, sentados en los bancos con aire de meditación. (A veces, no les alcanzaban los nombres de animales para insultarse; tenían que recurrir al diccionario.)

Libia y Cándida tenían los libros de misa llenos de retratos de sus amigas.

Sentían el desarraigo de no poder preferir a ninguna, de miedo a que se resintieran las otras. Y se pasaban los inviernos en la estancia vacía, esperando cartas prometidas que no llegaban. Y a medida que iban creciendo, disminuía levemente alrededor de ellas ese cariño que era del color del sol que las unía en verano. Los vestidos que les regalaban les quedaban justos, no había que soltar ningún dobladillo, no había que deshacer ninguna manga. Libia y Cándida entraban como ladronas a la casa grande, cuando la familia no estaba, para mirarse en los altos espejos. Estaban acostumbradas a verse con un ojo torcido y con la boca hinchada en un espejo roto, y el vestido invariablemente quedaba en tinieblas; pero en la casa grande abrían las persianas y se quedaban en adoración delante de sí mismas, y creían ver en esos espejos a las niñas de la casa.

Cándida, un día, se acercó tanto al espejo que llegó a darse un beso, pero al encontrarse con la superficie lisa y helada donde los besos no pueden entrar, se dio cuenta de que sus amigas la abandonaban de igual manera. El cariño que antes le enviaban, a veces en forma de tarjeta postal, ahora se lo enviaban en forma de vestido y de sonrisa helada cuando estaban cerca. Ya no había palabras, ya no había gestos, si no era el abrazo de las mangas vacías de los vestidos envueltos que venían de regalo. Cándida huyó ante su imagen y en el movimiento patético de su huida, que le retenía los ojos en el espejo, creyó ver un parentesco lejano con una estrella de cine que había visto un día en un film, donde la heroína se escapaba de su casa.

Llegaba el verano, llegaba el invierno y volvía el verano; eran grandes; los dueños de la estancia apenas las llamaban los domingos para llevarlas a misa. El odio crecía en ellas por el padre satisfecho y la madre furiosa.

Venancio Medina era cada vez más dueño de la estancia. Cuando iba hasta la estación a buscar las visitas, ante las exclamaciones de admiración de los viajeros, sacudía la cabeza y decía con modestia: "¡Qué va a ser lindo! ¡No tiene nada de lindo! ¡Hay otras estancias más lindas!"

Las hijas de Venancio pensaban que ninguna estancia podía ser linda, detestaban el canto tranquilo de las palomas a mediodía, detestaban las puestas de sol que dejaban manchas muy sucias de fruta en el cielo, detestaban, sobre todos los horrores humanos, el silencio. Libia se casó con el primer hombre que le ofreció llevársela a vivir cerca del macadam; gastaron todos los ahorros en muebles que no cabían en la casa demasiado chiquita. Así vivió en un amontonamiento de chicos recién nacidos, de muebles sucios, de carpetas bordadas y almohadones en que nunca tenía tiempo de sentarse a descansar.

Cándida, el mismo día, sin decir adiós a sus padres, tomó un tren que iba a Buenos Aires, con un atado de vestidos, donde llevaba los brazos vacíos de sus amigas.


jueves, 22 de marzo de 2012

Matar las tardes

...

Escribo sólo por matar las tardes,
por no ponerme a deshacer maletas,
por no arrastrarme por las estaciones,

por no andar, como el rey de los cobardes,
mustio, con un ramito de violetas,
en el sepelio de las decepciones.







miércoles, 1 de febrero de 2012

lunes, 30 de enero de 2012

viernes, 13 de enero de 2012

lunes, 2 de enero de 2012

La música del azar



"Hacer una cosa así es como cometer un pecado, es como violar una ley fundamental. Lo teníamos todo en armonía. habíamos llegado al punto en que todo se estaba convirtiendo en música para nosotros, y entonces se te ocurre subir arriba y destrozar todos los instrumentos. Desordenaste el universo, amigo mío, y cuando un hombre hace eso, tiene que pagar el precio."


sábado, 24 de diciembre de 2011

sábado, 3 de diciembre de 2011

domingo, 9 de octubre de 2011

jueves, 6 de octubre de 2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

jueves, 8 de septiembre de 2011

Trilce


VII

Rumbé sin novedad por la veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasado.

Doblé la calle por la que raras
veces se pasa con bien, salida
heroica por la herida de aquella
esquina viva, nada a medias.

Son los grandores,
el grito aquel, la claridad de careo,
la barreta sumersa en su función de
¡ya!

Cuando la calle está ojerosa de puertas,
y pregona desde descalzos atriles
trasmañanar las salvas en los dobles.

Ahora hormigas minuteras
se adentran dulzoradas, dormitadas, apenas
dispuestas, y se baldan,
quemadas pólvoras, altos de a 1921.



jueves, 11 de agosto de 2011

desde Chile



Me han preguntádico varias persónicas
si peligrósicas para las másicas
son las canciónicas agitadóricas:
¡ay, qué pregúntica más infantílica!
Solo un piñúflico la formulárica,
pa’ mis adéntricos yo comentárica.


sábado, 6 de agosto de 2011

sábado, 16 de julio de 2011

La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad


Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”. Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.




sábado, 9 de julio de 2011

Y no salí indemne

Por Miriam Cairo

"En cosas así consiste la perdición de la lectura.

Quien la probó, lo sabe".

Fernando Savater, "Leer y leer", en Loor al leer


Entré a la hora oscura del alba, trabajando cautelosamente, con los labios húmedos y las manos calientes. Y no podía volverme atrás porque la noche me empujaba.

Quede claro que no he salido indemne. Que no entré como una cachorra y salí como una loba. Puede que haya entrado como luz y salido como sombra. Con la misma capacidad de respirar y desconocer, pero más oscura.


Entré como entran las cosas secretas, subrepticiamente, sin nombre. Con una copa vacía, con un resoplo de flores. Sin alguien que me acompañe y con la luna en la espalda. Eramos dos, con mi sombra que no acostumbraba a beber flores, ni vino, ni escarcha, y que sólo sabía andar con los pies pegados a los míos. Entré y se murieron las formas de adentro y afuera. Las cosas relampagueaban en sus máscaras y no salí indemne.


Una vez que entré, no he querido más que seguir entrando. Si alguna vez me fui, fue por poco tiempo, y desde afuera me quedé pensando en la luna de allí dentro. En los pájaros blancos martillando magnolias negras. Pensé que no es cuestión de sentirse dentro de los libros, sino que los libros estén dentro de una. Pensé en todas las palabras que empiezan con C. En los nombres que empiezan con M. En los colores enemigos que se unen para pintar la tragedia. En los mundos que empiezan y terminan. En los mundos que sólo tienen un afuera y un adentro. En los libros que no han sido escritos. En los libros escritos que no han sido leídos. Pensé en la memoria de los hongos y las uvas, pensé la duración de un grito, en la duración de un silencio y en las bocas que respiran babas rojizas. Entré a temprana edad, con un olor liviano a sangre y a menta. Entré con miedos y con pasiones en ese mundo de letras húmedas como ramos de lirios, con hojas y bulbos. Entré y no salí indemne. En el organismo me quedó una nostalgia inmensa. Afuera, agonizante murmuraba "algo falta". Entonces volvía a entrar de noche como murciélago, de día como fantasma, siempre como un animal en su primera noche de cacería.


Con el viento de la noche calado en los huesos volví cuando todavía no me había ido. Entré invisible y salí marcada con una cruz lila. Entré en la piedra de locura y en el jardín de las delicias. Entré en la China de Li Bai como una sombra esclava. Entré con el biombo de jade y la almohada de seda. Entré a riesgo de perder la salida. Entré en el primer amor y en el último. Entré en el corazón de la desnuda que llevaba un sombrero de flores.


Quien lee lo que yo leo entra huevo y sale lagarto. Entra hombre y sale mujer. Entra mujer y sale página. Entra fulano y sale hombre antes de que la noche regrese a su noche y caiga en la fosa de la sombra.


Mahmud sabe que es tenue la diferencia entre una mujer y un árbol. Li Bai sabe que es tenue la diferencia entre yo y su sombra. Quien entra donde yo entro encuentra un solo idioma. Quien entra como yo entro, descubre que rara vez las primeras palabras conducen a las últimas. No es ése el modo de entrar donde yo entro. No es ése el modo de amar donde yo amo, ni el de morir donde yo muero.


Debido al hábito que tenía de entrar pez y salir océano, de decir yo y ser otra, de entrar con igual sigilo en una iglesia, en un paréntesis, en un cabaret o en un glosario, he tenido oportunidad de ver esqueletos revestidos de carne sentados en un restaurant fingiendo ser gente. Y encontrar después esos mismos personajes en otra página o en la vida, hablando de las mismas cosas, fingiendo impresiones que no les pertenecen.


A temprana edad entré magnolia y salí agapanto. Entre y salí con amoríos de pájaros. En toda edad entré lenguaje y salí palabra.


Entré sobresaltada y salí sobresalto.


Entré con esperanzas y salí preñada por un bulto moreno, fornido, esperanzado.


Entré con el corazón lleno y el estómago vacío en una estación de mil luces apagadas.


Entré Edipo y salí Yocasta, a la hora oscura, con los labios húmedos y las manos calientes. Y no podía volverme atrás porque la noche me empujaba.


Entré verbo y salí sigilo. Con la misma capacidad de respirar y desconocer. Después, por detrás me fijé en un hombre que venía por delante con una larga historia detrás y yo con un gran proyecto por venir que no tenía modo de darse por final. Y me quedé pensando en la desnuda con el sombrero de flores. Pensé que no es cuestión de sentirse dentro de los libros, sino que los libros estén dentro de una. Pensé en todas las palabras que empiezan con una letra hecha a imagen y semejanza de otra letra. Pensé en Augusto Monterroso. Entré pequeña y salí dinosaurio. Pensé en la memoria de los reducidores de cabeza, en la memoria del verdugo y en la de Venus de Milo. Pensé en todas las cabezas que rodaron por el mundo derramando memoria. Pensé en los lirios con hojas y bulbos. Pensé que siempre entro en los mismos libros a leer las mismas cosas. Pensé que nunca he salido. Pensé, ¿quién entra donde yo entro? ¿Quién respira lo que yo escribo?


Rosario 12. Sábado, 09 de julio de 2011


jueves, 30 de junio de 2011

Midnight

lunes, 20 de junio de 2011

sábado, 18 de junio de 2011

martes, 14 de junio de 2011

viernes, 10 de junio de 2011

Bilblioteques

miércoles, 8 de junio de 2011

Lucas, sus amigos

Por encima, por debajo y entre las empanadas cunde un clamor de declaraciones, preguntas, protestas, carcajadas y muestras generales de alegría y cariño, que crean una atmósfera frente a la cual un consejo de guerra de los tehuelches o de los mapuches parecería el velorio de un profesor de derecho de la avenida Quintana. De cuando en cuando se escuchan golpes en el techo, en el piso y en las dos paredes medianeras, y casi siempre es el Tata (locatario del departamento) quien informa que se trata solamente de los vecinos, razón por la cual no hay que preocuparse en absoluto. Que ya sea la una de la mañana no constituye un índice agravante ni mucho menos, como tampoco que a las dos y media bajemos de a cuatro la escalera cantando que te abrás en las paradas / con cafishos milongueros. Ya ha habido tiempo suficiente para resolver la mayoría de los problemas del planeta, nos hemos puesto de acuerdo para jorobar a más de cuatro que se lo merecen y cómo, las libretitas se han llenado de teléfonos y direcciones y citas en cafés y otros departamentos, y mañana los Cedrón se van a dispersar porque Alberto se vuelve a Roma, el Tata sale con su cuarteto para cantar en Poitiers, y Jorge raja vaya a saber adonde pero siempre con el fotómetro en la mano y anda atájalo. No es inútil agregar que Lucas regresa a su casa con la sensación de que arriba de los hombros tiene una especie de zapallo lleno de moscardones, Boeings 707 y varios solos superpuestos de Max Roach. Pero qué le importa la resaca si abajo hay algo calentito que deben ser las empanadas, y entre abajo y arriba hay otra cosa todavía más calentita, un corazón que repite qué jodidos, qué jodidos, qué grandes jodidos, qué irreemplazables jodidos, puta que los parió.



A la tí, amiga.


martes, 24 de mayo de 2011

Rosa - Rodrigo Leao



Hoje o céu está mais azul,
eu sinto...
Fecho os olhos.
Mesmo assim eu sinto...


viernes, 20 de mayo de 2011

.
.

Decir, pensar: todo va a estar bien.


Y que sea una esperanza repetida.

.
.

martes, 10 de mayo de 2011

Ernesto


Rojas, Argentina, 1911 - Santos Lugares, 2011


viernes, 15 de abril de 2011

Que misterio tem...

Uma homenagem a Clarice Lispector na Voz de Caetano Veloso

martes, 12 de abril de 2011

Nesta data querida: llegaron los 30!

Gabriele Münter 1907-08

Gracias Ju!

viernes, 8 de abril de 2011

.
.
.
Había una vez un pájaro

Estoy habituada a no considerar peligroso pensar. Pienso y no me impresiono. Pero no soy intelectual, ni racional. Eso es usar sobre todo la inteligencia, y yo no hago eso: lo que uso es la intuición, el instinto. Voy a ver una película y no entiendo, pero siento. ¿Voy a verla de vuelta? No, no quiero arriesgarme a entender y no sentir.

Clarice



jueves, 24 de marzo de 2011

lunes, 21 de marzo de 2011

Un año después, hoy



Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino; si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. Te prevengo. Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta. Es una pregunta que sólo se hace un hombre muy viejo. Mi benefactor me habló de ella una vez cuando yo era joven, y mi sangre era demasiado vigorosa para que yo la entendiera. Ahora si la entiendo. Te diré cuál es: ¿Tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo, no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que en mi propia vida he recorrido caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi benefactor. ¿Tiene corazón este camino?. Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.

Carlos Castaneda


viernes, 18 de marzo de 2011

Do jeito que vc me olha...



Para Kris y Maurito. :)


martes, 1 de febrero de 2011

Ellas

martes, 18 de enero de 2011

Por enquanto

Para Kristel, birlocha insolente


Como ele não tinha nada o que fazer, foi fazer pipi. E depois ficou a zero mesmo. Viver tem dessas coisas: de vez em quando se fica a zero. E tudo isso é por enquanto. Enquanto se vive.
Hoje me telefonou uma moça chorando, dizendo que seu pai morrera. E assim: sem mais nem menos.
Um dos meus filhos está fora do Brasil, o outro veio almoçar comigo. A carne estava tão dura que mal se podia mastigar. Mas bebemos um vinho rosé gelado. E conversamos. Eu tinha pedido para ele não sucumbir à imposição do comércio que explora o dia das mães. Ele fez o que pedi: não me deu nada. Ou melhor me deu tudo: a sua presença.
Trabalhei o dia inteiro, são dez para as seis. O telefone não toca. Estou sozinha.
Sozinha no mundo e no espaço. E quando telefono, o telefone chama e ninguém atende. Ou dizem: está dormindo. A questão é saber agüentar. Pois a coisa é assim mesmo. Às vezes não se tem nada a fazer e então se faz pipi.
Mas se Deus nos fez assim, que assim sejamos. De mãos abanando. Sem assunto. Sexta-feira de noite fui a uma festa, eu nem sabia que era o aniversário do meu amigo, sua mulher não me dissera.
Tinha muita gente. Notei que muitas pessoas se sentiam pouco à vontade.
Que faço? telefono a mim mesma? Vai dar um triste sinal de ocupado, eu sei, uma vez já liguei distraída para o meu próprio número. Como acordo quem está dormindo? como chamo quem eu quero chamar? o que fazer? Nada: porque é domingo e até Deus descansou. Mas eu trabalhei sozinha o dia inteiro.
Mas agora quem estava dormindo já acordou e vem me ver às oito horas. São seis e cinco.
Estamos no chamado "veranico de maio": grande calor. Meus dedos doem de tanto eu bater à máquina. Com a ponta dos dedos não se brinca. É pela ponta dos dedos que se recebem os fluidos.
Eu devia ter me oferecido para ir ao enterro do pai da moça? A morte seria hoje demais para mim. Já sei o que vou fazer: vou comer. Depois eu volto. Fui à cozinha, a cozinheira por acaso não está de folga e vai esquentar comida para mim. Minha cozinheira é enorme de gorda: pesa noventa quilos. Noventa quilos de insegurança, noventa quilos de medo. Tenho vontade de beijar seu rosto preto e liso mas ela não entenderia. Voltei à máquina enquanto ela esquentava a comida. Descobri que estou morrendo de fome. Mal posso esperar que ela me chame.
Ah, já sei o que vou fazer: vou mudar de roupa. Depois eu como, e depois volto à máquina. Até já.
Já comi. Estava ótimo. Tomei um pouco de rosé. Agora vou tomar um café. E refrigerar a sala: no Brasil ar refrigerado não é um luxo, é uma necessidade. Sobretudo para pessoa que, como eu, sofre demais com o calor. São seis e meia. Liguei meu rádio de pilha. Para a Ministério de Educação. Mas que música triste! não é preciso ser triste para ser bem-educado. Vou convidar Chico Buarque, Tom Jobim e Caetano Veloso e que cada um traga a sua viola. Quero alegria, a melancolia me mata aos poucos.
Quando a gente começa a se perguntar: para quê? então as coisas não vão bem. E eu estou me perguntando para quê. Mas bem sei que é apenas "por enquanto". São vinte para as sete. E para que é que são vinte para as sete? Nesse intervalo dei um telefonema e, para o meu gáudio, já são dez para as sete. Nunca na vida eu disse essa coisa de "para o meu gáudio". É muito esquisito. De vez em quando eu fico meio machadiana. Por falar em Machado de Assis, estou com saudade dele. Parece mentira mas não tenho nenhum livro dele em minha estante. José de Alencar, eu nem me lembro se li alguma vez.
Estou com saudade. Saudade de meus filhos, sim, carne de minha carne. Carne fraca e eu não li todos os livros. La chair est triste. Mas a gente fuma e melhora logo. São cinco para as sete. Se me descuido, morro. É muito fácil. É uma questão do relógio parar. Faltam três minutos para as sete. Ligo ou não ligo a televisão? Mas é que é tão chato ver televisão sozinha. Mas finalmente resolvi e vou ligar a televisão. A gente morre às vezes.



viernes, 14 de enero de 2011

Chega de saudade



...Mas se ela voltar, se ela voltar
Que coisa linda, que coisa louca
Pois há menos peixinhos a nadar no mar
Do que os beijinhos que eu darei
Na sua boca,
dentro dos meus braços
Os abraços hão de ser milhões de abraços
Apertado assim, colado assim, calado assim
Abraços e beijinhos, e carinhos sem ter fim
Que é pra acabar com esse negócio de você longe de mim
Não quero mais esse negócio de você viver sem mim


viernes, 31 de diciembre de 2010



El más bello de los mares


es aquel que no hemos visto.

La más linda criatura

todavía no ha nacido.

Nuestros días más hermosos

aún no los hemos vivido.

Y lo mejor de todo aquello que tengo que decirte

todavía no lo he dicho.

Nazim Hikmet




Feliz 2011!!!


lunes, 27 de diciembre de 2010

Joyce

“Me interesa reflejar el drama de la gente que huye y regresa a sus antiguos hogares. Cuando lo abandonas, al principio, sientes una excitación muy motivadora, pero si te alejas completamente de él, pierdes tu alma. Hay que llevarlo de alguna forma contigo”

viernes, 24 de diciembre de 2010

domingo, 19 de diciembre de 2010

Les amours imaginaires


No hay más verdad en el mundo
que el delirio amoroso.

Alfred Musset


martes, 14 de diciembre de 2010

Nature & Literature

Green in nature is one thing, green in literature another. Nature and letters seem to have a natural antipathy; bring them together and they tear each other to pieces.





Orlando, V. Woolf

jueves, 2 de diciembre de 2010

Bajo el Sol Jaguar

Nuestro viaje se desplazó a los territorios de los mayas. Los templos de Palenque emergen de la selva tropical, dominados por espesas montañas vegetales: enormes ficus de troncos múltiples como raíces, maculís de frondas color lila, aguacates, cada árbol envuelto en una capa de lianas y plantas trepadoras y colgantes. Al bajar por la empinada escalinata del Templo de las Inscripciones sentí vértigo. Olivia, a quien no le gustaban las escaleras, no había querido seguirme y se había quedado confundida can la multitud de grupos ruidosos, de sonidos y colores que los autobuses descargaban e ingurgitaban continuamente en el claro entre los templos. Me había trepado solo al Templo del Sol, hasta el bajorrelieve del Sol-jaguar, al Templo de la Cruz Foliada, hasta el bajorrelieve del quetzal (colibrí) de perfil, después al Templo de las Inscripciones, que no comporta únicamente una subida (y relativa bajada) de la escalinata monumental, sino también la bajada en la oscuridad (y relativa vuelta a subir) de la escalerilla que lleva a la cripta subterránea. En la cripta está la tumba del rey sacerdote (que había podido observar ya mucho más cómodamente pocos días antes en un perfecto facsímil del Museo de Antropología de la Ciudad de México) con la complicadísima losa de piedra esculpida en la que se ve al rey manejando una maquinaria de ciencia ficción que es para nuestros ojos como las que sirven para lanzar los cohetes espaciales, y que en cambio representa el descenso del cuerpo a los dioses subterráneos y el renacimiento de la vegetación.

Bajé, volví a subir a la luz del sol jaguar, en el mar de linfa verde de la hojas. El mundo giró, degollado por el cuchillo del rey sacerdote, yo me precipitaba desde los altos peldaños a la selva de turistas con sus cámaras y sus usurpados sombreros de anchas alas, la energía solar corría por tupidísimas redes de sangre y clorofila, yo vivía y moría en todas las fibras de lo que es masticado y digerido y en todas las fibras que mcomiendo y digiriendo se adueñan del sol.

Bajo la pérgola de paja de un restaurante a la orilla de un río donde Olivia me había esperado, nuestros dientes empezaron a moverse lentamente con ritmo parejo y nuestras miradas se clavaron la una en la otra con una intensidad de serpientes. Serpientes sumidas en la pasión de tragarnos mutuamente, conscientes de ser a la vez tragados por la serpiente que incesantemente nos digiere y asimila en el proceso de ingestión y digestión del canibalismo universal que pone su impronta en toda relación amorosa y anula los límites entre nuestros cuerpos y la sopa de frijoles, el huacinango a la veracruzana, las enchiladas...

sábado, 27 de noviembre de 2010

Miedo

Sredni Vashtar (Saki)




El caballito de madera (D.H. Lawrence)




por Alberto Laiseca


lunes, 22 de noviembre de 2010

La mano izquierda de la oscuridad

Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación. El más cierto de los episodios puede perderse en el estilo del relato, o quizá dominarlo; como esas extrañas joyas orgánicas de nuestros océanos, que si las usa una determinada mujer brillan cada día más, y en otras en cambio se empañan y deshacen en polvo. Los hechos no son más sólidos, coherentes, categóricos y reales que esas mismas perlas; pero tanto los hechos como las perlas son de naturaleza sensible.

No soy siempre el protagonista de la historia, ni el único narrador. No sé en verdad quién es el protagonista: el lector podrá juzgar con mayor imparcialidad. Pero es siempre la misma historia, y si en algunos momentos los hechos parecen alterarse junto con una voz alterada, no hay razón que nos impida preferir un hecho a otro; sin embargo, no hay tampoco en estas páginas ninguna falsedad, y todo es parte del relato.


sábado, 20 de noviembre de 2010

Sambas





nem com milhares de sambas eu faria você

voltar pra mim...


miércoles, 17 de noviembre de 2010

lunes, 15 de noviembre de 2010

Pobreza

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen silencio ni pueden comprarlo.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar,
como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen el derecho de respirar mierda,
como si fuera aire, sin pagar nada por ella.

Pobres,
lo que se dice pobres
son los que no tienen más libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que viven dramas pasionales con las máquinas.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que son siempre muchos y están siempre solos.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no saben que son pobres.


EDUARDO GALEANO



jueves, 11 de noviembre de 2010

Ao Vivo

sábado, 6 de noviembre de 2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

La fille...

miércoles, 3 de noviembre de 2010