miércoles, 30 de mayo de 2012
jueves, 24 de mayo de 2012
martes, 24 de abril de 2012
sábado, 21 de abril de 2012
Escritores en Cuba: Cortázar
Escritores en Cuba: García Lorca
miércoles, 18 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
viernes, 13 de abril de 2012
lunes, 26 de marzo de 2012
Gracias Ve!

El Remanso
La estancia El Remanso quedaba a cuatro horas de tren, en el oeste de Buenos Aires. Era un campo tan llano que el horizonte subía sobre el cielo por los cuatro lados, en forma de palangana. Había varios montes de paraísos color de ciruela en el verano y color de oro en el otoño; había una laguna donde flotaban gritos de pájaros extraños; había grupos de casuarinas que parecían recién llegados de un viaje en tren, y sin embargo contenían en sus hojas de alfileres una sonoridad muy limpia, bañada por el mar; había una infaltable calle de eucaliptos que llevaba hasta la casa. Y en esa casa, tan sólo de un lado no se veía el horizonte, pero no era ni del lado en que se acostaba el sol ni del lado en que se levantaba. Estaba rodeada de corredores donde se reflejaban lustrosas las puestas de sol y donde se estiraba el mugido de la hacienda.
Era una mañana radiante cuando Venancio Medina había llegado a la estancia, en un vagón que le había prestado el almacenero, cargado con un baúl roto, un ropero sin espejo, cuatro atados de ropa, un perrito blanco enrulado, su mujer y sus dos hijas. Le habían indicado la casita blanca de dos cuartos donde iban a vivir él y su familia. Venancio Medina había examinado desde el primer instante los corredores de la casa grande, donde estaban sentados en ruedas de medias lunas los dueños de casa. Había media docena de chicos. La familia se componía de varias familias juntas, y Venancio creyó al principio que la mayor parte eran visitas.
La familia, inmovilizada sobre escalones progresivos de sueño, pareció conmoverse al ver desembarcar del vagón a Venancio Medina con su chica más chiquita en los brazos. Más que una chica, parecía un monito vestido de rojo. En seguida corrió parte de la familia inmovilizada, movilizada en busca de la chica.
Venancio Medina sintió sobre su brazo las polleras empapadas de la hija que acababa de hacerse pis, pero no pudo retenerla de las manos que se la llevaban hasta el comedor de su casa, donde la pusieron sobre la mesa como un postre, contemplándole por todos lados su llanto inarticulado. Venancio miraba desde la puerta, absorto, y el nombre de su hija revoloteaba por toda la casa, como en su casa el nombre del perrito enrulado.
De eso hacía ya más de diez años. Venancio había entrado a la estancia en calidad de casero, pero sus actividades múltiples lo llevaron desde mucamo de comedor, cuando los sirvientes abandonaban la casa, hasta jardinero cuando el jardinero llegaba a faltar. Fue después cuando eligió definitivamente el puesto de cochero. Y era evidente que había nacido para ser cochero, con sus grandes bigotes y un chasquido inimitable de lengua contra el paladar, que hacía trotar cualquier caballo sobre el barro más pesado. Los chicos, sentados sobre el pescante del break, trataban de imitar ese ruido opulento y mágico que aventajaba el látigo para poner en movimiento las ancas de los caballos.
Mientras tanto, la mujer de Venancio se ocupaba de la casa; era ella la que hacía el trabajo de los dos, siempre rezongando y pegando a sus hijas; siempre furiosa de trabajo, con la cabeza lista a esconderse dentro del cuerpo como la cabeza de una tortuga, en cuanto alguien se le acercaba.
Sus dos hijas crecían perezosas y lánguidas como flores de invernáculo.
Siempre los otros chicos las llamaban para jugar en el jardín, justo en el momento en que la madre las perseguía con una escoba para que barrieran. Y se iban llenas de risas por entre los árboles, Libia y Cándida, adonde las esperaban entre nubes de mosquitos las confidencias asombrosas de esa familia de chicos de todas las edades y de todos los sexos. Se habían vuelto imprescindibles. Si no estaban Libia y Cándida, no había bastantes árboles para jugar a Las Esquinitas; si no estaban Libia y Cándida, no había bastantes vigilantes para jugar a Los
Vigilantes y Ladrones; si no estaban Libia y Cándida, no había bastantes nombres de frutas para jugar a Martín Pescador. Y a lo largo del día, jugaban escapándose de las siestas en los cuartos dormidos. Sentían un delicioso placer que las arrancaba de sus padres. Presenciaban los odios mortales que dividían a los chicos en bandadas de insultos que se gritaban de un extremo al otro del parque, sentados en los bancos con aire de meditación. (A veces, no les alcanzaban los nombres de animales para insultarse; tenían que recurrir al diccionario.)
Libia y Cándida tenían los libros de misa llenos de retratos de sus amigas.
Sentían el desarraigo de no poder preferir a ninguna, de miedo a que se resintieran las otras. Y se pasaban los inviernos en la estancia vacía, esperando cartas prometidas que no llegaban. Y a medida que iban creciendo, disminuía levemente alrededor de ellas ese cariño que era del color del sol que las unía en verano. Los vestidos que les regalaban les quedaban justos, no había que soltar ningún dobladillo, no había que deshacer ninguna manga. Libia y Cándida entraban como ladronas a la casa grande, cuando la familia no estaba, para mirarse en los altos espejos. Estaban acostumbradas a verse con un ojo torcido y con la boca hinchada en un espejo roto, y el vestido invariablemente quedaba en tinieblas; pero en la casa grande abrían las persianas y se quedaban en adoración delante de sí mismas, y creían ver en esos espejos a las niñas de la casa.
Cándida, un día, se acercó tanto al espejo que llegó a darse un beso, pero al encontrarse con la superficie lisa y helada donde los besos no pueden entrar, se dio cuenta de que sus amigas la abandonaban de igual manera. El cariño que antes le enviaban, a veces en forma de tarjeta postal, ahora se lo enviaban en forma de vestido y de sonrisa helada cuando estaban cerca. Ya no había palabras, ya no había gestos, si no era el abrazo de las mangas vacías de los vestidos envueltos que venían de regalo. Cándida huyó ante su imagen y en el movimiento patético de su huida, que le retenía los ojos en el espejo, creyó ver un parentesco lejano con una estrella de cine que había visto un día en un film, donde la heroína se escapaba de su casa.
Llegaba el verano, llegaba el invierno y volvía el verano; eran grandes; los dueños de la estancia apenas las llamaban los domingos para llevarlas a misa. El odio crecía en ellas por el padre satisfecho y la madre furiosa.
Venancio Medina era cada vez más dueño de la estancia. Cuando iba hasta la estación a buscar las visitas, ante las exclamaciones de admiración de los viajeros, sacudía la cabeza y decía con modestia: "¡Qué va a ser lindo! ¡No tiene nada de lindo! ¡Hay otras estancias más lindas!"
Las hijas de Venancio pensaban que ninguna estancia podía ser linda, detestaban el canto tranquilo de las palomas a mediodía, detestaban las puestas de sol que dejaban manchas muy sucias de fruta en el cielo, detestaban, sobre todos los horrores humanos, el silencio. Libia se casó con el primer hombre que le ofreció llevársela a vivir cerca del macadam; gastaron todos los ahorros en muebles que no cabían en la casa demasiado chiquita. Así vivió en un amontonamiento de chicos recién nacidos, de muebles sucios, de carpetas bordadas y almohadones en que nunca tenía tiempo de sentarse a descansar.
Cándida, el mismo día, sin decir adiós a sus padres, tomó un tren que iba a Buenos Aires, con un atado de vestidos, donde llevaba los brazos vacíos de sus amigas.
jueves, 22 de marzo de 2012
Matar las tardes
miércoles, 1 de febrero de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
sábado, 14 de enero de 2012
viernes, 13 de enero de 2012
lunes, 2 de enero de 2012
La música del azar

sábado, 24 de diciembre de 2011
martes, 13 de diciembre de 2011
sábado, 3 de diciembre de 2011
domingo, 9 de octubre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
lunes, 26 de septiembre de 2011
jueves, 8 de septiembre de 2011
Trilce

VII
Rumbé sin novedad por la veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasado.
Doblé la calle por la que raras
veces se pasa con bien, salida
heroica por la herida de aquella
esquina viva, nada a medias.
Son los grandores,
el grito aquel, la claridad de careo,
la barreta sumersa en su función de
¡ya!
Cuando la calle está ojerosa de puertas,
y pregona desde descalzos atriles
trasmañanar las salvas en los dobles.
Ahora hormigas minuteras
se adentran dulzoradas, dormitadas, apenas
dispuestas, y se baldan,
quemadas pólvoras, altos de a 1921.
jueves, 11 de agosto de 2011
desde Chile
Me han preguntádico varias persónicas
si peligrósicas para las másicas
son las canciónicas agitadóricas:
¡ay, qué pregúntica más infantílica!
Solo un piñúflico la formulárica,
pa’ mis adéntricos yo comentárica.
sábado, 6 de agosto de 2011
sábado, 16 de julio de 2011
La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”. Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.

sábado, 9 de julio de 2011
Y no salí indemne
"En cosas así consiste la perdición de la lectura.
Quien la probó, lo sabe".
Fernando Savater, "Leer y leer", en Loor al leer
Quede claro que no he salido indemne. Que no entré como una cachorra y salí como una loba. Puede que haya entrado como luz y salido como sombra. Con la misma capacidad de respirar y desconocer, pero más oscura.
Entré como entran las cosas secretas, subrepticiamente, sin nombre. Con una copa vacía, con un resoplo de flores. Sin alguien que me acompañe y con la luna en la espalda. Eramos dos, con mi sombra que no acostumbraba a beber flores, ni vino, ni escarcha, y que sólo sabía andar con los pies pegados a los míos. Entré y se murieron las formas de adentro y afuera. Las cosas relampagueaban en sus máscaras y no salí indemne.
Una vez que entré, no he querido más que seguir entrando. Si alguna vez me fui, fue por poco tiempo, y desde afuera me quedé pensando en la luna de allí dentro. En los pájaros blancos martillando magnolias negras. Pensé que no es cuestión de sentirse dentro de los libros, sino que los libros estén dentro de una. Pensé en todas las palabras que empiezan con C. En los nombres que empiezan con M. En los colores enemigos que se unen para pintar la tragedia. En los mundos que empiezan y terminan. En los mundos que sólo tienen un afuera y un adentro. En los libros que no han sido escritos. En los libros escritos que no han sido leídos. Pensé en la memoria de los hongos y las uvas, pensé la duración de un grito, en la duración de un silencio y en las bocas que respiran babas rojizas. Entré a temprana edad, con un olor liviano a sangre y a menta. Entré con miedos y con pasiones en ese mundo de letras húmedas como ramos de lirios, con hojas y bulbos. Entré y no salí indemne. En el organismo me quedó una nostalgia inmensa. Afuera, agonizante murmuraba "algo falta". Entonces volvía a entrar de noche como murciélago, de día como fantasma, siempre como un animal en su primera noche de cacería.
Con el viento de la noche calado en los huesos volví cuando todavía no me había ido. Entré invisible y salí marcada con una cruz lila. Entré en la piedra de locura y en el jardín de las delicias. Entré en la China de Li Bai como una sombra esclava. Entré con el biombo de jade y la almohada de seda. Entré a riesgo de perder la salida. Entré en el primer amor y en el último. Entré en el corazón de la desnuda que llevaba un sombrero de flores.
Quien lee lo que yo leo entra huevo y sale lagarto. Entra hombre y sale mujer. Entra mujer y sale página. Entra fulano y sale hombre antes de que la noche regrese a su noche y caiga en la fosa de la sombra.
Mahmud sabe que es tenue la diferencia entre una mujer y un árbol. Li Bai sabe que es tenue la diferencia entre yo y su sombra. Quien entra donde yo entro encuentra un solo idioma. Quien entra como yo entro, descubre que rara vez las primeras palabras conducen a las últimas. No es ése el modo de entrar donde yo entro. No es ése el modo de amar donde yo amo, ni el de morir donde yo muero.
Debido al hábito que tenía de entrar pez y salir océano, de decir yo y ser otra, de entrar con igual sigilo en una iglesia, en un paréntesis, en un cabaret o en un glosario, he tenido oportunidad de ver esqueletos revestidos de carne sentados en un restaurant fingiendo ser gente. Y encontrar después esos mismos personajes en otra página o en la vida, hablando de las mismas cosas, fingiendo impresiones que no les pertenecen.
A temprana edad entré magnolia y salí agapanto. Entre y salí con amoríos de pájaros. En toda edad entré lenguaje y salí palabra.
Entré sobresaltada y salí sobresalto.
Entré con esperanzas y salí preñada por un bulto moreno, fornido, esperanzado.
Entré con el corazón lleno y el estómago vacío en una estación de mil luces apagadas.
Entré Edipo y salí Yocasta, a la hora oscura, con los labios húmedos y las manos calientes. Y no podía volverme atrás porque la noche me empujaba.
Entré verbo y salí sigilo. Con la misma capacidad de respirar y desconocer. Después, por detrás me fijé en un hombre que venía por delante con una larga historia detrás y yo con un gran proyecto por venir que no tenía modo de darse por final. Y me quedé pensando en la desnuda con el sombrero de flores. Pensé que no es cuestión de sentirse dentro de los libros, sino que los libros estén dentro de una. Pensé en todas las palabras que empiezan con una letra hecha a imagen y semejanza de otra letra. Pensé en Augusto Monterroso. Entré pequeña y salí dinosaurio. Pensé en la memoria de los reducidores de cabeza, en la memoria del verdugo y en la de Venus de Milo. Pensé en todas las cabezas que rodaron por el mundo derramando memoria. Pensé en los lirios con hojas y bulbos. Pensé que siempre entro en los mismos libros a leer las mismas cosas. Pensé que nunca he salido. Pensé, ¿quién entra donde yo entro? ¿Quién respira lo que yo escribo?
Rosario 12. Sábado, 09 de julio de 2011
jueves, 30 de junio de 2011
lunes, 20 de junio de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
martes, 14 de junio de 2011
viernes, 10 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
Lucas, sus amigos

martes, 24 de mayo de 2011
viernes, 20 de mayo de 2011
martes, 10 de mayo de 2011
viernes, 15 de abril de 2011
martes, 12 de abril de 2011
viernes, 8 de abril de 2011
.
.
Había una vez un pájaro
jueves, 24 de marzo de 2011
lunes, 21 de marzo de 2011
Un año después, hoy

viernes, 18 de marzo de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
martes, 18 de enero de 2011
Por enquanto

Hoje me telefonou uma moça chorando, dizendo que seu pai morrera. E assim: sem mais nem menos.
Um dos meus filhos está fora do Brasil, o outro veio almoçar comigo. A carne estava tão dura que mal se podia mastigar. Mas bebemos um vinho rosé gelado. E conversamos. Eu tinha pedido para ele não sucumbir à imposição do comércio que explora o dia das mães. Ele fez o que pedi: não me deu nada. Ou melhor me deu tudo: a sua presença.
Trabalhei o dia inteiro, são dez para as seis. O telefone não toca. Estou sozinha.
Sozinha no mundo e no espaço. E quando telefono, o telefone chama e ninguém atende. Ou dizem: está dormindo. A questão é saber agüentar. Pois a coisa é assim mesmo. Às vezes não se tem nada a fazer e então se faz pipi.
Mas se Deus nos fez assim, que assim sejamos. De mãos abanando. Sem assunto. Sexta-feira de noite fui a uma festa, eu nem sabia que era o aniversário do meu amigo, sua mulher não me dissera.
Tinha muita gente. Notei que muitas pessoas se sentiam pouco à vontade.
Que faço? telefono a mim mesma? Vai dar um triste sinal de ocupado, eu sei, uma vez já liguei distraída para o meu próprio número. Como acordo quem está dormindo? como chamo quem eu quero chamar? o que fazer? Nada: porque é domingo e até Deus descansou. Mas eu trabalhei sozinha o dia inteiro.
Mas agora quem estava dormindo já acordou e vem me ver às oito horas. São seis e cinco.
Estamos no chamado "veranico de maio": grande calor. Meus dedos doem de tanto eu bater à máquina. Com a ponta dos dedos não se brinca. É pela ponta dos dedos que se recebem os fluidos.
Eu devia ter me oferecido para ir ao enterro do pai da moça? A morte seria hoje demais para mim. Já sei o que vou fazer: vou comer. Depois eu volto. Fui à cozinha, a cozinheira por acaso não está de folga e vai esquentar comida para mim. Minha cozinheira é enorme de gorda: pesa noventa quilos. Noventa quilos de insegurança, noventa quilos de medo. Tenho vontade de beijar seu rosto preto e liso mas ela não entenderia. Voltei à máquina enquanto ela esquentava a comida. Descobri que estou morrendo de fome. Mal posso esperar que ela me chame.
Ah, já sei o que vou fazer: vou mudar de roupa. Depois eu como, e depois volto à máquina. Até já.
Já comi. Estava ótimo. Tomei um pouco de rosé. Agora vou tomar um café. E refrigerar a sala: no Brasil ar refrigerado não é um luxo, é uma necessidade. Sobretudo para pessoa que, como eu, sofre demais com o calor. São seis e meia. Liguei meu rádio de pilha. Para a Ministério de Educação. Mas que música triste! não é preciso ser triste para ser bem-educado. Vou convidar Chico Buarque, Tom Jobim e Caetano Veloso e que cada um traga a sua viola. Quero alegria, a melancolia me mata aos poucos.
Quando a gente começa a se perguntar: para quê? então as coisas não vão bem. E eu estou me perguntando para quê. Mas bem sei que é apenas "por enquanto". São vinte para as sete. E para que é que são vinte para as sete? Nesse intervalo dei um telefonema e, para o meu gáudio, já são dez para as sete. Nunca na vida eu disse essa coisa de "para o meu gáudio". É muito esquisito. De vez em quando eu fico meio machadiana. Por falar em Machado de Assis, estou com saudade dele. Parece mentira mas não tenho nenhum livro dele em minha estante. José de Alencar, eu nem me lembro se li alguma vez.
Estou com saudade. Saudade de meus filhos, sim, carne de minha carne. Carne fraca e eu não li todos os livros. La chair est triste. Mas a gente fuma e melhora logo. São cinco para as sete. Se me descuido, morro. É muito fácil. É uma questão do relógio parar. Faltam três minutos para as sete. Ligo ou não ligo a televisão? Mas é que é tão chato ver televisão sozinha. Mas finalmente resolvi e vou ligar a televisão. A gente morre às vezes.
viernes, 14 de enero de 2011
Chega de saudade
...Mas se ela voltar, se ela voltar
Que coisa linda, que coisa louca
Pois há menos peixinhos a nadar no mar
Do que os beijinhos que eu darei
Na sua boca,
dentro dos meus braços
Os abraços hão de ser milhões de abraços
Apertado assim, colado assim, calado assim
Abraços e beijinhos, e carinhos sem ter fim
Que é pra acabar com esse negócio de você longe de mim
Não quero mais esse negócio de você viver sem mim
viernes, 31 de diciembre de 2010
lunes, 27 de diciembre de 2010
Joyce
viernes, 24 de diciembre de 2010
domingo, 19 de diciembre de 2010
martes, 14 de diciembre de 2010
Nature & Literature
jueves, 2 de diciembre de 2010
Bajo el Sol Jaguar
Bajé, volví a subir a la luz del sol jaguar, en el mar de linfa verde de la hojas. El mundo giró, degollado por el cuchillo del rey sacerdote, yo me precipitaba desde los altos peldaños a la selva de turistas con sus cámaras y sus usurpados sombreros de anchas alas, la energía solar corría por tupidísimas redes de sangre y clorofila, yo vivía y moría en todas las fibras de lo que es masticado y digerido y en todas las fibras que mcomiendo y digiriendo se adueñan del sol.
Bajo la pérgola de paja de un restaurante a la orilla de un río donde Olivia me había esperado, nuestros dientes empezaron a moverse lentamente con ritmo parejo y nuestras miradas se clavaron la una en la otra con una intensidad de serpientes. Serpientes sumidas en la pasión de tragarnos mutuamente, conscientes de ser a la vez tragados por la serpiente que incesantemente nos digiere y asimila en el proceso de ingestión y digestión del canibalismo universal que pone su impronta en toda relación amorosa y anula los límites entre nuestros cuerpos y la sopa de frijoles, el huacinango a la veracruzana, las enchiladas...
sábado, 27 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
La mano izquierda de la oscuridad
No soy siempre el protagonista de la historia, ni el único narrador. No sé en verdad quién es el protagonista: el lector podrá juzgar con mayor imparcialidad. Pero es siempre la misma historia, y si en algunos momentos los hechos parecen alterarse junto con una voz alterada, no hay razón que nos impida preferir un hecho a otro; sin embargo, no hay tampoco en estas páginas ninguna falsedad, y todo es parte del relato.
sábado, 20 de noviembre de 2010
miércoles, 17 de noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Pobreza
lo que se dice pobres,
son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen silencio ni pueden comprarlo.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar,
como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen el derecho de respirar mierda,
como si fuera aire, sin pagar nada por ella.
Pobres,
lo que se dice pobres
son los que no tienen más libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que viven dramas pasionales con las máquinas.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que son siempre muchos y están siempre solos.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no saben que son pobres.
EDUARDO GALEANO


































